Vivir en Pucón tiene algo que, por cotidiano, quizás a veces dejamos de dimensionar. En pocos minutos podemos estar remando en el lago, haciendo rafting en un río, caminando entre bosques, pedaleando por los cerros, observando aves, pescando o preparando un ascenso al volcán Villarrica. Podemos pasar de la ciudad a espacios de una naturaleza extraordinaria casi sin darnos cuenta.
Buena parte de nuestra economía, nuestra identidad y nuestra forma de vida depende precisamente de eso. Por lo mismo, una de las preguntas importantes para el futuro de Pucón es cómo queremos habitar este territorio sin ir perdiendo, poco a poco, aquello que lo hace especial.
Pucón no es simplemente una ciudad rodeada de atractivos naturales. Habitamos una cuenca y un sistema vivo de bosques, ríos, humedales, montañas y áreas protegidas. El agua se mueve, las especies se desplazan, los bosques se conectan y las amenazas también. La naturaleza no reconoce los límites administrativos que dibujamos en un mapa. Un área protegida no es una isla.
Lo que ocurre fuera del Parque Nacional Villarrica, de Huerquehue o de otros espacios de conservación termina relacionándose con aquello que intentamos resguardar dentro de ellos. Y sus beneficios recorren el camino inverso: agua, paisaje, biodiversidad, regulación de riesgos, recreación e identidad se extienden mucho más allá de sus límites. Por eso importa cómo crecemos.
La expansión urbana e inmobiliaria, nuevos caminos, la remoción de vegetación, la fragmentación de un bosque o una quebrada, nuestras aguas residuales o la presencia creciente de animales domésticos en ambientes naturales pueden parecer asuntos independientes. Acumulados sobre una misma cuenca, empiezan a contar otra historia.
El lago Villarrica probablemente sea hoy nuestra señal más evidente. Su Plan de Descontaminación contempla una inversión estimada superior a US$56 millones y un horizonte de 15 años para recuperar los niveles de calidad ambiental establecidos. Estamos destinando una enorme cantidad de recursos y tiempo a intentar reparar un sistema que durante años recibió presiones acumulativas. Y restaurar naturaleza nunca es simplemente retroceder el tiempo. Podemos recuperar funciones, restaurar bosques, mejorar la calidad del agua y corregir algunas presiones. Los sistemas naturales son complejos y no siempre podemos reconstruir exactamente aquello que perdimos. El lago debiera dejarnos entonces una reflexión bastante simple: llegar tarde cuesta mucho. Y quizás también una pregunta más incómoda. Si una parte importante del empleo, los emprendimientos, el turismo y la calidad de vida de Pucón dependen de su naturaleza, ¿cuánto tiempo, recursos y capacidad estamos destinando realmente a cuidarla?
Estamos acostumbrados a pensar que el Parque Nacional lo cuida su administración, que una reserva privada es responsabilidad de su propietario o que un santuario debe conseguir los recursos necesarios para protegerse. Pero los beneficios que esos lugares generan son colectivos. Miles de personas, actividades económicas y servicios turísticos se sostienen directa o indirectamente gracias al paisaje y a los sistemas naturales que alguien está cuidando. Quizás tenemos que empezar a reconocer mejor ese trabajo y preguntarnos cómo el propio territorio puede contribuir a sostenerlo. Eso puede significar recursos, incentivos, alianzas, monitoreo, restauración y mecanismos de retribución hacia los espacios que mantienen estos beneficios. También implica observar qué está cambiando. ¿Qué indicadores tenemos para saber si estamos perdiendo conectividad, bosque, calidad de agua o biodiversidad? ¿Cuánto esperamos deteriorar antes de reaccionar?
Tenemos herramientas para organizarnos. Podemos construir procesos participativos de planificación territorial, consejos o espacios permanentes de gobernanza, acuerdos entre actores públicos y privados, sistemas compartidos de información y monitoreo, mecanismos de inversión en conservación y una visión común sobre los valores que queremos mantener. No necesitamos partir de cero. El desafío está en hacerlo antes de que las decisiones queden tomadas y la conservación tenga que correr detrás del desarrollo.
Las áreas protegidas pueden servirnos además como referencia. Conservan biodiversidad y, de alguna manera, conservan información. Nos permiten observar cómo funcionan sistemas menos intervenidos y entender cuánto hemos transformado aquello que los rodea. Son también una memoria del territorio. Sería interesante que esa forma de mirar comenzara a permear fuera de sus límites. Que cuidar una ribera, una quebrada, un bosque o una conexión entre ambientes no dependiera únicamente de que exista una categoría legal que nos obligue a hacerlo. Pucón tiene ahí una oportunidad muy bonita.
Podemos aspirar a ser reconocidos por nuestros ríos, nuestro lago, nuestros bosques, el volcán y nuestras áreas protegidas. Pero sería todavía más interesante que, con el tiempo, también fuéramos reconocidos por la forma en que aprendimos a habitar y cuidar ese territorio. Eso podría transformarse en identidad, en orgullo local y también en una manera distinta de desarrollarnos.
El gran riesgo no es que dejemos de depender de la naturaleza, sino que lleguemos a creer que ya no dependemos de ella. Quizás devolverle un poco de lo mucho que recibimos sea una buena forma de empezar.
Nualik Burucker
Fundador y CEO de Fractal Parques