Lo que el invierno 2026 dice sobre el cambio climático y la oportunidad de Chile de tomar acción
Los inusuales temporales de julio en las regiones nortinas y céntricas del país dejaron cuantiosos daños y un gran número de damnificados. Diez de las dieciséis regiones del país se vieron afectadas: cerca de 100.000 personas quedaron aisladas por calles y ríos desbordados, más de 250.000 hogares sin electricidad, más de 1.100 viviendas resultaron destruidas o dañadas y hubo varias víctimas fatales.
Climatólogos en Chile y en el mundo coinciden en la explicación: el océano se está calentando a un ritmo sin precedentes, lo que permite a la atmósfera retener más humedad, y un evento de El Niño en intensificación potenció aún más las lluvias. Lo excepcional no fue tanto el volumen total, sino su concentración en solo seis días, un patrón que, según los expertos, se vuelve más probable a medida que el planeta se calienta. El mensaje de fondo es claro: con el calentamiento global, los fenómenos climáticos extremos — lluvias torrenciales, olas de calor, sequías, huracanes — van a ocurrir cada vez con mayor frecuencia y mayor intensidad. Este invierno no es un caso aislado: forma parte de una serie de eventos que la Organización Meteorológica Mundial (OMM) documentó en mayo de 2026 para toda América Latina. Cada año mueren en la región cerca de 13.000 personas por causas relacionadas con el calor. Y los glaciares andinos — de los que dependen casi 90 millones de personas — se derriten a un ritmo cada vez mayor. Ese es justamente el punto: lo que vivimos hoy no es el final de un proceso, sino recién su comienzo.
La causa está en la atmósfera misma. Su concentración de CO₂ ha aumentado cerca de un 50% en los últimos 150 años — de unas 280 ppm antes de la industrialización a unas 425 ppm hoy. Detrás de eso está el enorme crecimiento del consumo de energía y recursos de una población y una economía mundial mucho mayores. Sobre todo en los últimos 50 años, las emisiones globales de CO₂ de origen fósil se han más que duplicado, de unas 15 a más de 37 mil millones de toneladas al año. El CO₂ es uno de los principales responsables del calentamiento global: mientras más hay en la atmósfera, más calor retiene.
Frente a esto, gran parte de los países se comprometió en el Acuerdo de París a reducir sus emisiones y llegar a cero neto (Net Zero) durante este siglo. Chile transformó ese compromiso en ley: carbono neutralidad al 2050, con un techo de emisiones de 95 millones de toneladas de CO₂ (equivalente al 2030 y 90 millones al 2035). Para cumplir esa meta, el hambre creciente de energía en el mundo hace que la transición de combustibles fósiles a energías renovables sea cada vez más urgente.
Ahí Chile tiene una de las mejores posiciones del mundo: pocos países combinan la radiación solar del desierto de Atacama con los recursos eólicos del sur, lo que le permitiría electrificar por completo su matriz energética más rápido que la mayoría de los países — ganando independencia frente a la competencia mundial por el petróleo y mayor estabilidad económica de largo plazo. Recién en la última década las energías renovables igualaron en costo a las fósiles, y en Chile hoy son aún más baratas: la energía solar se genera a menos de US$35 por MWh, una de las cifras más bajas del mundo. En 2024 las renovables ya representaban casi el 70% de la generación eléctrica, y en marzo de 2026 la energía solar por sí sola superó el 30%.
Esa misma tendencia empieza a llegar al sur del país, donde la fotovoltaica se vuelve cada vez más competitiva y podría, a mediano plazo, reemplazar a la leña como principal fuente de calefacción. Las bombas de calor y los paneles infrarrojos ya son lo bastante eficientes como para mejorar de forma significativa la calidad del aire en las ciudades del sur, donde hoy se atribuyen entre 4.000 y 5.000 muertes prematuras al año principalmente a la contaminación atmosférica por quema de leña — más que los accidentes de tránsito y los homicidios juntos. Menos contaminación y una energía más eficiente y barata dejan de ser objetivos contrapuestos: para Chile, van en la misma dirección.
Por eso la velocidad es la variable decisiva, tanto a nivel global como nacional. Cada año que logremos frenar el calentamiento es un año más de tiempo para que la naturaleza y la agricultura se adapten, y un año más de margen para las próximas generaciones. El invierno de 2026 no fue una excepción: fue un anticipo. Y Chile, a diferencia de la mayoría de los países, ya tiene el sol, el viento y la tecnología para recorrer ese camino más rápido que otros.
Bernd Haller
Arquitecto- Presidente Ejecutivo Fundación Sustenta Pucón
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