La posible conexión vial por la ribera norte del Lago Villarrica es, sin duda, una de esas obras que pueden cambiar la forma en que miramos y usamos nuestro territorio. No se trata solamente de abrir un camino entre Villarrica y Pucón. Se trata de habilitar una zona completa de la cuenca que hoy permanece mucho menos intervenida que la ribera sur, y que mañana podría recibir una fuerte presión turística, inmobiliaria y de servicios.
El proyecto tiene argumentos importantes a su favor. Uno de ellos es la conectividad. En una zona expuesta a eventos climáticos intensos, crecidas de ríos, remociones en masa y cortes de ruta, contar con una alternativa de conexión hacia Pucón puede ser clave. Ya hemos visto que cuando se corta el camino principal, Pucón queda en una situación compleja. Desde ese punto de vista, una ruta por el norte del lago no solo puede ser una mejora vial, sino también una vía estratégica frente a emergencias.
Pero sería un error mirar este camino solo desde la urgencia o desde la conectividad. Toda nueva infraestructura cambia el valor del suelo, abre expectativas y acelera decisiones privadas. Y cuando eso ocurre sin planificación previa, el territorio empieza a ordenarse solo, o más bien, a desordenarse. Aparecen parcelaciones, proyectos aislados, caminos secundarios, solicitudes de factibilidad, cambios de uso y nuevas presiones sobre sectores que no siempre cuentan con servicios básicos, ni con capacidad ambiental suficiente.
La ribera norte tiene además un valor paisajístico evidente. Desde allí se puede mirar el lago y el volcán de una manera distinta. Es un territorio atractivo, con potencial turístico y residencial. Precisamente por eso hay que anticiparse. Si esperamos a que el camino esté construido para recién preguntarnos qué tipo de desarrollo queremos permitir, probablemente llegaremos tarde.
Chile tiene un problema conocido: sus instrumentos de planificación avanzan lento. Muchas veces el plan regulador llega cuando la ciudad ya creció, cuando los conflictos ya están instalados y cuando corregir resulta más caro, más difícil y más impopular. Por eso, frente a una obra de esta magnitud, la planificación no puede ser una etapa posterior. Debe ser parte de la discusión desde ahora.
En este caso, parece indispensable pensar en un Plan Regulador Intercomunal o en un instrumento de escala territorial que mire la cuenca del Lago Villarrica en su conjunto. No basta con que cada comuna resuelva por separado. El lago, los cursos de agua, los bosques, los caminos, las áreas rurales y los futuros sectores de crecimiento forman parte de un mismo sistema. Lo que se autoriza en una ribera termina impactando al conjunto de la cuenca.
Esto es aún más relevante considerando que el Lago Villarrica es un lago saturado y que ya cuenta con un Plan de Descontaminación aprobado. Cualquier nuevo proceso de urbanización debe ser coherente con esa realidad. No podemos seguir sumando presión sobre el territorio sin preguntarnos antes por las aguas servidas, la escorrentía, la pérdida de vegetación, la densidad permitida, los accesos públicos y la capacidad real del ecosistema.
El camino por la ribera norte puede ser una gran oportunidad. Puede mejorar la seguridad, abrir nuevos circuitos, descongestionar y permitir una relación distinta con el paisaje. Pero también puede transformarse en un nuevo frente de crecimiento desordenado si no se establecen reglas claras a tiempo. La pregunta, entonces, no es solamente si queremos o no queremos el camino.
La pregunta más importante es qué territorio queremos construir cuando ese camino exista. Y esa respuesta no puede quedar entregada al azar, ni a la suma de proyectos individuales. Debe ser una decisión pública, anticipada y responsable. Porque en una cuenca tan valiosa y frágil como la del Lago Villarrica, planificar no es frenar el desarrollo: es evitar que el desarrollo llegue tarde, mal y sin retorno.
David Jouannet
Gerente Corporación Amigos de Villarrica