El problema tiene nombre: eutrofización. Y aunque suene técnico, sus efectos son concretos y cotidianos. Se traduce en más algas, playas no aptas para el baño, animales y personas que se enferman, deterioro de la pesca, invasión de plantas acuáticas y, en definitiva, la lenta degradación de un entorno que sostiene economías locales y formas de vida. Y aunque aquí parece novedad, lo cierto es que ya ha pasado en otros lugares.