Cada mes de junio nos preparamos para el solsticio de invierno, el día más corto y la noche más larga
del año, la llegada del invierno donde los días son notoriamente más fríos y los árboles ya han botado
casi por completo sus hojitas marrones, anaranjadas y amarillentas. Las semillas que descansan en
la tierra comienzan lentamente a prepararse; la naturaleza, aparentemente dormida, se estira; los
animales comienzan a nacer. Es tiempo de renovación, reflexión y agradecimiento. Nos preparamos
en familia y con la comunidad para un nuevo Wiñol Txipantü.
Por Catalina Marti Puñoz
En un país donde la historia oficial ha intentado invisibilizar sistemáticamente a los pueblos originarios, el Wiñol Txipantü es un espacio más de resistencia y dignidad. Es la reafirmación de un tiempo y un conocimiento ancestral que no se ha perdido, que sigue latiendo en los fogones, en las montañas, en las voces de niñas, niños y mayores que hablan mapuzungun y cuidan de su territorio, de su gente y de su cultura; es reafirmación de lengua, de espiritualidad y de lucha.
Las comunidades y familias nos reunimos en torno al fuego a compartir alimentos, palabras y saberes. Limpiamos los espacios, lavamos nuestros cuerpos en el río, reafirmamos nuestro espíritu. Es una pausa necesaria para mirar lo vivido y preparar lo que vendrá. Para muchos, es también un tiempo de reafirmación identitaria, de resistencia cultural, de reconexión con el territorio y la cultura. Para otros es algo nuevo, un presente recibido y que han sentido estar ahí para compartir, contemplar, aprender y respetar.
Preguntarnos qué significa empezar el año con la tierra, con el sol, con los ciclos naturales, escuchar a quienes han vivido en este territorio desde siempre, es tal vez una manera de encontrar algunas señales para construir el caminar hacia un futuro más justo, más armonioso, más humano. Observando desde el silencio, desde el respeto y la humildad, comprendiendo que los tiempos son diferentes y que van al ritmo de la naturaleza. Entender que otro tiempo es posible, uno en el que el respeto por la tierra, el territorio, la comunidad y la memoria son la base para avanzar. Si bien el Wiñol Txipantü ha comenzado a celebrarse en espacios públicos como escuelas, municipios y organizaciones, y aquello refleja un avance en visibilidad, se hace urgente reafirmar que no basta con celebrar; el respeto hacia las naciones, y en este caso a la Nación Mapuche, debe materializarse en hechos precisos que persistan en el tiempo más allá de una fecha puntual. No se concibe la foto bonita o la celebración como parte decorativa de un país que no escucha, que no respeta desde lo profundo, que avanza sin mirar el panorama completo, pues pareciera ser que las celebraciones alegres y coloridas son lo que queremos mostrar, pero cuando nos paramos a observar en más detalle, resulta mejor meter el polvo debajo de la alfombra.
La existencia de las naciones es política, y su espiritualidad, su lengua, su cultura y su lucha son legítimas, no se encuentran al margen de la historia que se ha querido contar, y en esta línea, las historias deben ser portadas por sus propios protagonistas, elaborando su narrativa propia, cuestionando las estructuras impuestas, fortaleciendo la autorrepresentación con el fin de erradicar la manipulación histórica que ha enmarcado en una única perspectiva la historia de la Nación Mapuche.
En este nuevo ciclo que comienza reivindico una vida donde el sol no sea solo una metáfora, sino la certeza de que, incluso en la oscuridad más larga, el pueblo mapuche siempre vuelve a levantarse. Una Nación que mantiene su historia y su presente en el centro mismo de una lucha por el reconocimiento, la justicia y la autodeterminación.
Por Catalina Marti Puñoz
Rutas Ancestrales Araucarias